El avance de la pseudociencia

Según sus propias palabras, uno de los más difíciles quebraderos de cabeza sociales de la reputada filósofa Helena Cornin es el avance de la pseudociencia. Nos preocupe tanto como a ella o nos sea indiferente, no cabe duda de que la rápida expansión de este fenómeno nos da un poco que pensar a todos, seamos o no acólitos a la pseudociencia.

En una sociedad donde muchos consideran incoherente la conciliación de la fe y la ciencia, el abrazo excluyente en la seguridad fáctica que proporciona la última ha degenerado en un auge sin precedente de la superstición. Pero ya no se trata de una superstición al uso, de esas que se basan en una convicción irracional: como el miedo a un número, a derramar la sal, o a que un gato negro se cruce en tu camino.

En esta época la superstición se disfraza de ciencia: la homeopatía, las teorías conspiratorias, la ufología… Son sólo algunas muestras de quien cree que el discurso científico se construye incluyendo en él palabras como: “conectores sinápticos”, “impulso nervioso”, “evolución” o “tecnología avanzada”. Cuando lo único que se hace es adornar pomposamente una creencia.

En el discurso científico, toda argumentación se caracteriza exclusivamente por la aplicación de fórmulas conceptuales exactas -caso de las matemáticas- o en experiencia empíricas entorno a un objeto de estudio contrastables y comprobables por cualquiera -debidamente formado. El discurso científico no depende pues del léxico, sino del método y los instrumentos empleados.

Todo lo que no se encuadre en estos patrones será muy respetable, puede que hasta sea cierto, pero no será ciencia, sino creencia.

El doctor Lejeune con un niño con síndrome de Down.

Muchas personas religiosas han sabido cómo aunar en sus ideas el pensamiento científico con la fe, entre ellas excelentes científicos como Jérôme Lejeune, descubridor de la alteración cromosómica que causa el Síndrome de Down. La alianza entre fe y ciencia es posible en la mente cuando se acepta que cada una sirve para responder a unas preguntas y unas necesidades diferentes en la vida.

El problema empieza cuando alguien se obliga a abrazar únicamente la visión científica, pese a no ser, digamos, un ateo natural. Estas personas son las que tratan de explicar científicamente la perdurabilidad/reencarnación de una parte del ser humano diciendo: “el ser humano es energía”. Siento decir que excluidos alma o un elemento metafísico similar, para la ciencia el ser humano es materia no energía. La energía que produce nuestro cuerpo -calor impulsos, eléctricos etc.- se apaga cuando su materia deja de funcionar. ¿Necesita creer en la inmortalidad del ser? Hágalo. ¿No puede hacerlo? Laméntelo, pero deje de maltratar el principio conservación de la energía.

El otro puntal de la pseudociencia lo encontraríamos en todos los que quieren ser y creerse expertos sin serlo. Los que hablan como sabios investigadores con sólo haber leído y oído cuatro cosas cuyas fuentes ni siquiera han contrastado pero que pese a ello consiguen convencer a la gente son los mayores generadores de confusión de nuestro tiempo.

En todo caso la gran paradoja es que en un momento histórico en que en occidente no se persigue la ciencia y que las religiones se van replegando al ámbito estrictamente espiritual, nunca la ciencia ha estado tan amenazada. Mediante un uso adulterado de las palabras y las conciencias, la pseudociencia no prohibirá la ciencia, simplemente la está devorando para gran parte de la sociedad, que ya no distingue ciencia de creencia.

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