Don’t build the wall!

El problema del racismo en EEUU no es nada nuevo, de sobra conocido por todos es que desde el siglo XIX el país arrastra un historial gravísimo de racismo. Curioso es, dado que se trata de un país construido enteramente por inmigrantes, que en la práctica nunca puso restricciones para la llegada de nuevos ciudadanos. La esclavitud fue abolida gradualmente en los estados del Norte entre finales del siglo XVIII y 1830, mientras que en el sur fue abolida tras la Guerra de Secesión, en 1865. Triste episodio de la historia estadounidense que ya quedó muy atrás. A pesar de la libertad de los esclavos negros, el racismo continuó imperando en las leyes de estos estados durante al menos un siglo más. La segregación de las personas de raza negra continuó hasta bien entrados los años sesenta del pasado siglo. A día de hoy ya no existe esa segregación, al menos en las leyes. No obstante, como bien sabrá cualquier lector que tenga conocimientos de historia, las mentalidades de la población son la causa fundamental de los acontecimientos históricos. También sabrá que son lo que más tarda en cambiar, de modo que es fácil ver, a día de hoy como esa mentalidad racista aflora en acontecimientos tan tristes como las muertes de hombres negros desarmados a manos de la policía en muchos estados sureños. Siglo XXI.

Ya tenemos al primer protagonista de esta historia: la mentalidad reinante en algunas capas de la sociedad, normalmente alentada por organizaciones extremistas como el bien conocido KKK. Por otro lado, y ya aproximándonos al tema que nos ocupa hoy, esa mentalidad bien puede estar dormida o bien puede salir al exterior en pequeños grupos residuales, sin llegar a afectar a la convivencia de más de trescientos millones de estadounidenses. Sin embargo, y esto es algo que ya ha ocurrido en incontables ocasiones, la chispa que despierte a ese monstruo dormido puede llegar en cualquier momento, normalmente a través de la ya gastada palabra mágica: el populismo. Y es que sí. Es el populismo el causante de este brote de racismo en EEUU, que, aunque ha cambiado al parecer de víctima, sigue conservando los grandes rasgos que el racismo en épocas pasadas.

Es populismo porque busca una solución fácil de decir e imposible de llevar a término. Ahonda en los sentimientos más profundos de la sociedad, promete hacer regresar el empleo perdido y la grandeza del país, y es racismo porque promete echar a millones de inmigrantes latinoamericanos y construir un muro para que no entren más. De este modo, podemos establecer el populismo; que además siempre se asienta sobre un mismo tipo de líder (carismático, políticamente incorrecto, outsider…); como el segundo actor. No quiero decir con esto que todos los votantes del actual presidente electo sean racistas, ni mucho menos; pero sí que ha despertado en muchos de sus votantes un sentimiento de odio que ahora será difícil de curar.

Y es que, estimado lector, se ha prendido la llama, no de golpe, sino que esto es el final de muchos meses de lento calentamiento del combustible. Promesas racistas, insultos, descalificaciones… han ido agitando esos sentimientos de los que hablaba antes, para llegar a una confrontación social que sin duda alguna será protagonista en los años venideros del país norteamericano. Una sociedad que presenta una fuerte escisión entre dos mundos completamente distintos.

Hace escasos días fue ampliamente difundido un vídeo de unos segundos de duración en el que se mostraba a niños de un colegio de Michigan, que no alcanzarían los 12 años de edad, gritando “build the wall” a sus compañeros de clase latinoamericanos. Aparte de decir que me produjo sobrada indignación y profunda tristeza, me hizo pensar en cómo se ha podido llegar a la situación en la que unos niños sean capaces de proferir semejantes atrocidades verbales. ¿Cómo los niños, que se supone que son las personas más abiertas y tolerantes, pueden llegar a mostrar ese desprecio por los que, quizá dos o tres días antes eran sus compañeros de juegos en el patio del colegio? ¿Cómo pueden unos niños de primaria querer expulsar a sus compañeros solamente por ser de otro país? Sus padres son responsables. Responsables de ondear la bandera del racismo y de la intolerancia. Responsables de haberles inculcado a las inocentes mentes de sus hijos un odio profundo a los latinos. Es triste que una parte de la sociedad americana vaya a ir por esos derroteros en el futuro.

Ante estos hechos cabe preguntarse por una solución. La política se trata de convencer. ¿Cómo convencemos pues, a esa parte de la población de que la xenofobia y el racismo no son la solución a los problemas de su país? ¿Cuál debe ser la respuesta desde los sectores que se consideran progresistas? En primer lugar, de cara a futuras citas electorales, la tibieza con la que se han tratado en muchas ocasiones (y ya no me remito solamente a los Estados Unidos) las propuestas populistas y xenófobas, ha de ser cosa del pasado, porque ya no basta con pensar que tenemos la mejor propuesta. Los progresistas tenemos que combatir al populismo de manera seria y contundente, porque sabemos lo que puede pasar si logran sus objetivos. Y bajo ninguna circunstancia podemos permitir que las actitudes racistas o xenófobas sean las predominantes en Europa, porque supondrán el fin de lo que tanto esfuerzo nos ha costado lograr.

Por último me gustaría invitar a la reflexión sobre una frase que publicó en Twitter el que, al menos para mí, debería haber sido candidato a la Presidencia de la primera potencia mundial. Un político que ya desde hace décadas es un incansable defensor de los derechos civiles y de las minorías: Si Donald Trump vuelca el enfado de la gente contra musulmanes, hispánicos, afroamericanos y mujeres, seremos su peor pesadilla.

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