El átomo prodigioso

La opinión pública es indudablemente manipulable. Todo el que esté mínimamente informado sobre los acontecimientos recientes y sobre la vida política en general puede perfectamente secundar esta afirmación sin atisbo alguno de duda. En efecto, los medios de comunicación de masas, en connivencia con los partidos políticos, son capaces de auténticas atrocidades y salvajes ataques a la verdad con tal de hacer calar una opinión sesgada o errónea en la mentalidad general. Movidos por intereses políticos y económicos, empujados por poderosos lobbies o agentes económicos, nos inculcan ideas que van en contra del pensamiento racional. En mi opinión particular, uno de los mantras más arraigados en la sociedad española es el irracional rechazo a la energía nuclear. Desde hace muchos años ya, desde los grandes medios de comunicación y desde la izquierda política, en colaboración con una derecha que no ha hecho otra cosa que pecar de inacción se ha transmitido el mensaje de que hay que deshacerse de todo resto de energía nuclear en nuestro país, por una supuesta gran inseguridad y un supuesto gran riesgo. Más allá, hay quienes aún creen que el objetivo de generación 100% renovable en el año 2050 es factible. Los mismos que pretenden que la factura de la luz descienda por arte de magia y que además todos conduzcamos coches eléctricos. La suma no sale.

Todos queremos llegar a las cero emisiones de CO2, es un objetivo razonable y, ante todo, necesario. Sin embargo, teniendo en cuenta las perspectivas de consumo a 30 años de energía eléctrica, el objetivo se antoja harto complicado. A esto habría que añadirle la más que deseable transición de vehículos de gasolina y gasoil a vehículos eléctricos (turismos, camiones y ferrocarril). Este último escenario podría elevar el consumo mundial de electricidad a cifras colosales, quizá el triple o más del actual. Pretender generar toda esa potencia solo y exclusivamente con viento y sol es una fantasía que ninguna persona debería creer, porque verá como sus más que bienintencionadas esperanzas caerán en saco roto.

La energía nuclear se presenta pues, como la única solución al problema energético mundial, ya que es la única lo suficientemente potente y barata como para cubrir la enorme demanda de los años venideros. Veremos primero por qué es la más eficiente y barata, y posteriormente desmontaremos algunos mitos falsos sobre su supuesta gran peligrosidad.

Presentemos entonces los datos. En primer lugar, el desglose de la potencia instalada, dato fundamental que es obviado en numerosas ocasiones:

Fuente: REE

Vemos que, de los más de cien gigavatios de potencia instalada, aproximadamente 7.600 MW corresponden a la energía nuclear, 22.800 a la eólica, 6.700 a la solar y 20.300 a la hidráulica (generaciones de muy bajas emisiones de CO2), por los 41.200 MW del carbón y del resto de fuentes de altas emisiones. A priori podríamos decir que es un buen porcentaje de energía limpia (50,5% entre sol, agua y viento) en caso de una utilización media. Sin embargo el castillo en el aire se desmorona al comprobar la eficiencia de cada fuente, viendo la generación media a lo largo del mismo año:

Fuente: REE

Siendo el consumo total de 250 teravatios-hora, el consumo medio instantáneo resulta 28.460 MW, el 28,5% de la potencia instalada, lo que quiere decir que se produce menos de la tercera parte de lo que todo el sistema a pleno rendimiento podría producir. Y aquí estamos llegando al primer punto a favor de la energía nuclear: la eficiencia. De media, las centrales nucleares generan 6.300 MW de electricidad, teniendo instalados 7.600, lo que supone que, de media, la energía nuclear funciona al 83% de su máximo. Por otro lado, la eólica genera 5.460, por los 22.800 instalados, lo que supone una eficiencia media del 24%, mientras que la solar genera 1.423 de 6.700, quedándose en el 21%. Quizá a Greenpeace le gustaría saber que en España no siempre hace viento o sol. Pero vayamos más allá y observemos la producción instantánea máxima del año, que alcanzó los 40.500 MW:

Fuente: REE

En el momento de mayor demanda del 2016, casi un 50% por encima de la media, el capricho de la madre naturaleza quiso que no hiciera demasiado viento, alcanzando la eólica los 1.120 MW (un 4,9% de la potencia instalada). Sí que hizo más sol, alcanzando la solar 4.780 MW de 6.700, el 71%, mientras que la nuclear se mantenía a raya en los siete mil megavatios. Un dato fundamental es que, en ese momento, casi el 10% de la electricidad estaba siendo importada de Francia y sumándose a una factura ya de por sí engordada por los impuestos y el sobrecoste de las energías renovables durante los periodos de bonanza, en los cuales se abonaron cantidades millonarias por la mera instalación de aerogeneradores en terrenos privados; cantidades que se siguen adeudando hoy día, generando asimismo gravísimos casos de corrupción, como el sucedido en La Muela. Sí es cierto que, en unas condiciones ideales de eficiencia, el MWh de eólica es hasta un 50% más barato que el de nuclear, pero, como se ha demostrado líneas arriba, la inestabilidad de la producción hace necesaria una colosal inversión en caso de querer asegurar toda la demanda a base de eólica. Por otro lado, la energía solar es siempre más cara que la nuclear, llegando a más que duplicar su coste en caso de la solar de uso doméstico; unido a la poca eficiencia vista, hacen de la solar una energía de lujo. En este Informe de la asesoría financiera Lazard se detallan los costes por unidad de energía de cada tecnología en EE.UU.

Queda demostrada la superioridad en eficiencia y coste. Sin embargo la energía nuclear presenta una estabilidad total, lo que hace imposible un sistema eléctrico que se base exclusivamente en ella. Por ello lo ideal sería tener una gran base de producción nuclear, aproximadamente la demanda en hora valle (unos 22.000 MW en la actualidad; generalizando, el 70% de la demanda media y el 55% de la demanda en hora punta) más una reserva. El resto de la demanda ya sí podría ser cubierta por energía totalmente limpia, más versátil y manejable. A pesar de ello, este defecto, se está trabajando en que las centrales españolas puedan hacer seguimiento de carga y modificar su producción en función de la demanda. Se antoja muchísimo más factible un objetivo 2050 que suponga 50% nuclear, 50% renovables. Dependiendo de la estabilidad del mercado en un futuro, ese porcentaje de nuclear se podría aumentar, reduciendo los costes. Para una producción 100% eólica y solar habría que estar preparados para responder ante días sin viento o sin sol, de modo que la potencia instalada tendría que ser del orden de diez veces superior al consumo medio.

Los detractores de la nuclear achacan varios “riesgos” a este tipo de energía. En primer lugar una terrible explosión del núcleo que acabaría al instante con millones de vidas como si de Little Boy o Fat Man se tratase. No van a ver esto fuera de la pequeña pantalla, ya que Homer Simpson pulsó el botón “fusión del núcleo” en dos capítulos distintos y afortunadamente, ni ese botón existe ni, aunque existiese, pasaría nada, ya que la masa de uranio enriquecido en el núcleo de una central no alcanza ni un mínimo porcentaje de la masa crítica, necesaria para desencadenar una fisión violenta y una explosión.

Otro riesgo que se les acusa a las nucleares es el “peligrosísimo” almacenamiento de residuos. Bien. Cuatro incidentes en la historia, por supuesto ninguno en una instalación con las medidas de seguridad adecuadas, todos debido a la desidia ante la seguridad y en el poco respeto al medio ambiente que imperaban en la antigua URSS o en la Europa de los 50. Hechos del pasado. El almacenamiento de residuos es el principal defecto de la energía nuclear frente a las energías renovables.

Por otro lado se advierte del peligro de un escape radiactivo, basándose en dos precedentes (los únicos que hay): Chernobyl y Fukushima. El talón de Aquiles de la nuclear se empequeñece al compararlo con los millones de muertos que dejan atrás los gases venenosos que expulsan las térmicas y la combustión general de derivados del petróleo. Las centrales térmicas chinas están expulsando millones de toneladas de CO2 a la atmósfera cada año, que, junto con el NO2, el SO2 y las PM10 causan daños infinitamente mayores que las centrales nucleares. ¿No es el avión acaso, estadísticamente, el medio de transporte más seguro del mundo? Lo es. Sin embargo, un accidente de avión resulta muchísimo más traumático que uno de coche. Si calculamos los muertos en accidentes nucleares y los comparamos con los fallecidos por enfermedades respiratorias a causa de la polución quizá nos llevemos más de una sorpresa.

Aun así, y parándose un poco a analizar en frío las causas de estas dos desgracias, está clarísimo que suponen dos casos aislados. La central nuclear de Chernobyl carecía de cualquier tipo de control de seguridad, no estaba construida con las protecciones adecuadas, no recibía inspecciones y, para más inri, los trabajos de protección posteriores no fueron los adecuados. El accidente de Fukushima resultó un desgraciado cúmulo de catástrofes naturales que asolaron la zona: primero un terremoto y después un tsunami que, unidos a un fallo en el motor de emergencia del sistema de seguridad para la refrigeración, provocaron el sobrecalentamiento del núcleo.

Estos son los accidentes nucleares. Ahora viene lo que no interesa decir. En la UE las centrales nucleares están sometidas a los más estrictos controles de seguridad, inspecciones, simulacros y revisiones, y cuentan con los profesionales más cualificados para ello. Aparte de eso, están estrictamente vigiladas y existen unos rigurosísimos procedimientos de emergencia. No ha habido un solo accidente nuclear superior al nivel 3 de 7 en la historia de la UE, ni uno, cero patatero. Estadísticamente se demuestra, con solo saber sumar y dividir, que la atención que determinados políticos y medios le prestan a los accidentes nucleares en proporción a los muertos o heridos que causan es ridículamente superior a otros asuntos que no están en boca de estos políticos y medios.

Llegando al final de esta reflexión, toca hacer balance y elegir entre tres opciones: seguir quemando carbón y dejar que nuestros nietos se asfixien, gastarnos el dinero que no tenemos en construir millones de aerogeneradores que no asegurarán un suministro estable y subirán la factura a niveles insoportables o apostar por la razón, por la ciencia, por el término medio y combinar las nuevas tecnologías renovables con la energía nuclear que ha demostrado ser más eficiente y productiva que cualquier otra. No existe riesgo cero, como en todos los aspectos de la vida, ni nunca lo va a existir, que no les engañe ningún eslogan. Si queremos más energía asumamos el coste que esto tiene, pero de la manera más razonable.

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