El bipartidismo de vuelta

Increíble pero cierto: la moción de censura ya se ha olvidado. Ni siquiera se prevé que influya en los próximos sondeos de opinión. Bien mirado ¿por qué tendría que hacerlo? En una sociedad cuya clase política al completo gana  o pierde votos según impresiones y no hechos o razones, nada hay más peligroso que desgastar por abuso lo extraordinario en cotidianidad.

Cada vez tengo más claro que bipartidismo resurgirá sin problemas. Y lo peor es que no sé cómo debería sentirme al respecto. Desde luego o ganaremos nada, pero tampoco siento que se pierda demasiado.

¿Para qué engañarnos? Nadie cree en el multipartidismo. Detrás de expresiones como el “sorpaso” o “recuperar la confianza” subyace un deseo de hegemonía sobre al menos la mitad del espectro político, de acabar el exceso de pluralidad. El eje derecha-izquierda se ha roto sólo a efectos de pelear por el voto de centro, ese que podía votar tanto a PP como a PSOE. Antes de volver a pelear por ese voto, en los próximos años la lucha política será de izquierdas por un lado y de derechas por otro.

¿Que por qué creo que este escenario favorece a los viejos partidos? La derecha siempre pragmática duda mucho en disgregarse. Sus votantes no suelen votar por ilusión, Eligen el menor de los males siendo conscientes a menudo de que se trata de un mal. Siendo más o menos conscientes de cómo funciona la ley electoral, muy claro van a tener que tener las posibilidades de éxito o al menos de ascenso de Cs para disgregar su voto.

En contra de Podemos juega el estándar idealista que se impuso y que es incapaz de cumplir. El propio Pablo Iglesias dijo a Jordi Évole que “en cuanto nos parezcamos mínimamente a la casta, estamos muertos” [sic]. Muy difícil evitar parecidos con la casta, sobre todo en lo salarial, si moras en las instituciones. (Y si mal no recuerdo en esa entrevista medio prometió retirarse si no ganaba a la primera. El tiempo todo lo cambia).

La victoria de Pedro Sánchez le convierte en un líder verdaderamente revolucionario frente a las baronías y el aparato. En contraste Pablo Iglesias, tras Vistaalegre II, consolida su imagen pública de dirigente absoluto y triturador de la oposición interna. Esta mala imagen le quema y la larga minará su capacidad de tener a su partido en un puño. Porque tal como ahora están las cosas a Pedro Sánchez le basta con resistir el temido sorpaso para ir recuperado fuelle electoral, mientras que a su rival morado todo lo que no sea crecer, le acabará convirtiendo en una fuerza minoritaria. No tanto porque en un primer momento sus votantes vuelvan al PSOE, como porque algunos de los más idealistas les dejarán de votar para abstenerse o para irse a otro partido. Eso le costará bastantes escaños y aún le costará más que sus votantes que priorizan desalojar a la derecha del poder, ante la inutilidad electoral de la formación, recuperen la papeleta socialdemócrata.

Este es mi pronóstico, pero como ya os dije no me preocupa tanto ser un buen vidente o verme convertido en unos meses en un visionario un poco ciego, como que con la creencia de esta vuelta del bipartidismo no sé muy bien cómo sentirme más allá de una apática indiferencia que no merece ni llamarse vacío.

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