La Decencia

A menudo se acepta el momento de la imputación como el límite en el que un político ha de abandonar el servicio público por acciones cuestionables o delictivas. Algunos sostienen incluso que la imputación no es suficiente, y que hasta que no haya una sentencia firme no hay que mover un dedo. Pero yo no quiero presentar un texto jurídico, sino que invito a que se reflexione sobre el concepto de la decencia. ¿Dónde está la decencia en la política? ¿Qué ha hecho el electorado español para que sus representantes pierdan la decencia de una manera exagerada? ¿Cómo puede el pueblo español soportar y aguantar a unos dirigentes que día a día van socavando la confianza de los ciudadanos?

Rita Barberá aparecía en escena de nuevo hace una semana, en la constitución de las nuevas Cortes, como senadora. Se la pudieron oír unas palabras en las que se mostraba cansada y que quería “irse a casa a meterse en la cama“. Bien pues, he ahí la falta de decencia. He ahí el ejemplo perfecto de la mayor desvergüenza, chulería, prepotencia y cara dura que he visto en años. Y cuando se habla de Rita Barberá se puede hablar de una ingente cantidad de dirigentes y personas relevantes (electos y no electos) que a pesar de ser protagonistas de los más grandes saqueos de nuestra democracia, actúan como si no hubiera pasado nada. Y aquí es donde llega el momento del cabreo, de la impotencia, el momento de dar un golpe en la mesa y pensar como hemos llegado hasta aquí. ¿Es normal que Luis Bárcenas se vaya a esquiar de vacaciones en medio del torbellino del caso que lleva su apellido? Más aún, ¿es normal que les haga una peineta a los periodistas al llegar a Madrid? Lamentablemente, parece que sí lo es, parece que en este país con que salga el Presidente del plasma a decir “ese hombre del que usted me habla ya no está en el Partido Popular” sirve para volver a ganar las elecciones. A esto se le llama perder la decencia.

La siguiente cuestión que hay que plantear es más profunda. Una vez nos cercioramos de que una gran mayoría de españoles; excluyendo a los irreductibles correligionarios del Partido Popular que ven en lo que hacen sus amados dirigentes un ejemplo a seguir, sin cuestionarse sus actitudes prepotentes y descaradamente antidemocráticas; aceptamos que estas actitudes no son propias de una democracia madura y sana, de una democracia con decencia, toca preguntarse cómo no nos hemos dado cuenta antes. Me pregunto cómo era posible que un exjugador de balonmano casado con una empleada cualificada se comprase un palacete de más de 6.000.000
€ en el barrio más exclusivo de Barcelona y que nadie dijese nada. Me pregunto cómo podíamos asistir como meros espectadores a la inauguración del aeropuerto de Castellón, donde el señor Fabra se paseaba como Pedro por su casa, y que nadie saltase diciendo nada con medio dedo de frente como “oiga, que esto no se va llenar nunca” o “esta obra es absurda“. No. Aquí nadie sabía nada, y el que supiera bien pudo ser fácilmente silenciado por las cloacas negrísimas del sistema clientelar impuesto por nuestros supuestos representantes. Casos aislados les llaman ahora. Pero no sólo encontramos estas actitudes en el Partido Popular; ¿Cuántos empresarios del 3% contaron lo que en el despacho de Pujol sucedía? ¿Si alguno lo contó, cuánta gente le hizo caso? ¿De verdad los Gobiernos no sabían nada del 3% de los Pujol, o estaban más que compinchados? Y la última pregunta: ¿cómo hay valor para seguir encumbrando a semejante ladrón sin escrúpulos ni moral alguna y a los chorizos mentirosos que pactaban con él?

No hay otra forma de llamar a esta gente, son vulgares ladrones que no han hecho otra cosa distinta a apropiarse de las instituciones que legítimamente pertenecen a los españoles. Efectivamente, como dejé caer al comienzo de este artículo, no hace falta que imputen a alguien, sobre todo cuando se trata de un alto cargo público, para saber de su notoria participación en actos muy cuestionables. ¿Acaso alguien sigue dudando de que la ex-alcaldesa de Valencia, con nueve de diez concejales ya imputados en un feo caso de financiación ilegal y blanqueo de dinero estaba al corriente de todo lo que ocurría? Pues ahí está, aforada en el Senado a la espera de que alguien la salve el pellejo, y mientras, si se puede, se cobra.

Cuando la corrupción política se trata realmente de un caso aislado, es bastante fácil de corregir, la siguiente pregunta que nos debemos hacer es: ¿qué ocurre cuando la corrupción y la falta de esa decencia de la que hablábamos al principio han contaminado todas y cada una de las capas de la sociedad? ¿De verdad seremos capaces de ponerle freno? Si se me permite mi pronóstico, estoy completamente convencido de que nuestro país fue, es y será siempre un país corrupto, muy a mi pesar y al de muchos otros que trabajan por lo contrario. Lamentablemente, podemos imponer más leyes y controles, suprimir privilegios y aforamientos y todo lo que queramos, pero la esencia del sistema corrupto, la mentalidad de vivir sin trabajar, de aprovecharse de los demás, es algo que no se acaba con leyes. Seguiremos teniendo representantes que no representan más que a sus intereses, corruptos que se pasearán entre vítores y aplausos como hace el gallego Baltar cuando entra al Juzgado, jueces valientes como Mercedes Alaya acosados permanentemente por los medios y por los partidarios de los corruptos. En fin, el país de pandereta, el circo que no podemos cambiar.

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OPINA:

  • Cándido

    En mi opinión el problema es la desinformación. Porque los que estamos enterados pensamos que lo estamos todos y no es así, no todo el mundo lee el periódico.