La opinión proscrita

La opinión proscrita

Este artículo fue pensado hace bastante tiempo, y a consecuencia de los últimos sucesos me he decidido a realizarlo. Hablo sobre la desaparición de la libertad de prensa, o como el diario ‘El País’ decía adiós a sus suscriptores por ser incapaz de ofrecer nada más que una opinión, o como estos días los medios de comunicación nos han bombardeado, diciéndonos que pensar sobre el proceso presidencial estadounidense. Lo mismo pasó en España con las grandes cadenas de televisión durante las últimas elecciones.

Asuntos de esta clase son siempre un mal síntoma. Como resulta obvio, nada es menos deseable que un partido político o un lobby gubernamental tenga facultades para censurar, a partir de la opinión pública, argumentos que no estén patrocinados oficialmente. Y con argumentos me refiero a un razonamiento justificado, y no a cualquier superchería.

Pero el peor enemigo de la libertad de expresión no viene, únicamente, del condicionamiento que puedan ejercer los dos elementos anteriormente mencionados como ejemplo. Si el periodismo o un medio de comunicación, y hasta cualquiera de nosotros, no es capaz de hacer público y justificar su propio argumentario, es porque estos se esfuerzan en eludir ciertos temas proscritos: le temen a la opinión pública.

“En este país, la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general. Es éste un hecho grave que, en mi opinión, no ha sido discutido con la amplitud que merece.” George Orswell.

Ante todo, debemos admitir que no vivimos en una situación de censura, ni mucho menos, pero cualquier persona, y en especial aquellos con experiencia periodística, tendrán que admitir que el hecho más lamentable es la auto-censura que nos imponemos ante esas opiniones minoritarias.

Estas mismas ideas pueden ser silenciadas, y por otra parte, aquellos hechos más desagradables ser ocultados sin necesidad de prohibición. No es difícil encontrar noticias sensacionalistas que ocupan titulares y acaparan demasiado espacio. Esto es causa de un acuerdo generalizado sobre ciertas cosas ‘no-mencionables’. Mientras la prensa siga centralizada y en propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres con capacidad para no ser muy honestos, esta situación permanecerá.

Toda esta concepción gira en torno a ese momento en el que se crea una ortodoxia: ideas que son asumidas por las personas y aceptadas sin discusión alguna. “No es que se prohíba concretamente decir «esto» o «aquello», es que «no está bien» decir ciertas cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en presencia de una señorita”. George Orswell.

Justamente, esto es lo que demostraba el experimento de Noelle-Neumann, donde se ponía de manifiesto que los individuos adaptan su comportamiento a las actitudes predominantes sobre lo que es aceptable y lo que no. La opinión pública es “la piel que da cohesión a la sociedad”.  (Spiral of Silence).

Cualquiera que se atreva a desafiar dicha ortodoxia, se verá automáticamente silenciado. Nunca se hará caso a esa opinión realmente independiente que pueda presentar una minoría intelectual. Otro ejemplo actual es el servilismo de Catalunya con la ortodoxia ‘processista’ y la revolución de las sonrisas.

Deberíamos plantearnos si todas las opiniones minoritarias merecen ser escuchadas por igual. Como bienpensantes, diremos que sí. El problema surge cuando alguien da cuerpo y forma concreta a esa opinión minoritaria, a la cual responderemos automáticamente con un rotundo NO. Como decía Voltaire: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Y aquí este texto que, o ni será leído, o será automáticamente silenciado, y que sin aprovechar ninguna tendencia ideológica o política pretende expresar su minoritaria opinión. Por esto mismo, creo firmemente que Catalunya no será libre hasta que no abandone el papel de “ser viviente sacrificado o destinado al sacrificio”, y adopte el de agresor, como muy bien hace España.

No tengamos miedo a decir que nuestro país necesita pensar más en él mismo. ¿Debemos ser eternamente políticamente correctos? ¿Aún ante una represión constante y sistemática? Juguemos la misma guerra sucia. Hagamos, si es necesario, las mismas trampas. Olvidemos la superioridad moral del perdedor. Abandonemos ya esta cadena perpetua del querer quedar bien ante todos, ya que no satisfaremos a nadie. No temamos más a la ignominia, y actuemos como un verdadero Estado.

Porque hasta que no nos creamos nosotros mismos que somos un país, tampoco lo hará el resto. Ad Victoriam.

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