Lo que se quema es Catalunya, no las fotos

El Uróboros. Ese animal con forma de serpiente que se come la cola. Un ciclo eterno de división e incapacidad que ha vuelto a empezar con la actual polémica de la “quema de fotos del Rey”.

Una acción que nuevamente despierta recelos e incomprensión entre la sociedad catalana, y en especial entre los partidos políticos, sacudiendo la estabilidad del gobierno catalán. La excusa perfecta para que los representantes políticos reprendan viejas batallas con las que volver a sentirse vivos.

Y lo más preocupante de todo: Catalunya vuelve a demostrar que no sabe actuar como Estado.

Creo que, a fin de cuentas, no somos capaces de actuar con unidad. Quizás es demasiado sacrificio pedir respeto y entendimiento entre partidos que defienden un modelo de sociedad tan distinto. Pero quizás deberíamos recordar que su modelo de sociedad no se podrá aplicar, hasta que Catalunya sea un país. Por eso, justamente se necesita la unidad.

En un Estado verdaderamente democrático, quemar las fotos de un Rey no debería ser más que una falta de respeto a las autoridades. Simplemente eso. Yo nunca he visto que el gobierno central persiga a nadie por quemar banderas catalanas o celebrar eventos franquistas.

El gran problema es la ortodoxia única que hemos adoptado como entes políticos cada uno de nosotros. No somos capaces de interrumpir nuestro discurso unidireccional para escuchar que es lo que dice nuestro compañero de viaje. No estoy hablando de hacernos amigos o fingir algún tipo de relación. Simplemente callar, escuchar y responder asertivamente.

Vivimos encaprichados con nuestro ombligo. De esta misma manera, los dirigentes de la antigua Convergència blindarán su posición y discurso ante una incomprensión hacia la CUP, estos segundos exageraran de nuevo sus reivindicaciones revolucionarias, y Esquerra volverá a situarse en tierra de nadie evitándose mojar. E ahí, el ‘Triángulo de las Bermudas’.

Como país, vivimos en un panorama excrementicio de tertulia fingida. Es como en los actuales “debates” políticos que aparecen en los medios. Cada uno de los asistentes es el perfecto representante de un discurso político, y no dirá nada más que aquello que le permita su decálogo. Como tampoco escuchará racionalmente nada lo que vaya a decir el resto de participantes.

Y lo más terrible de esto, es que nadie hará nada verdaderamente significativo para pulsar el “pause” de su discurso y escuchar a la otra parte. Sí, a mí también me parece una niñería que para sentirse uno mismo más “revolucionario”, se queme la foto de un Rey. Y sí, también me sorprende y me ofende que el cuerpo de Policía de Catalunya haga el trabajo sucio al gobierno central.

Por esto justamente, Catalunya no sabe actuar como Estado. Que nos parezca mal una cosa, no implica tener que hacer un flaco favor al independentismo. Me parece una estupidez, en todos los sentidos, el tema de las fotos. Me parece más insultante el papel de Catalunya como Estado.

Si se tiene que jugar sucio, se hace. Sin complejos. Esa es la diferencia de auténtico poder. Del mismo modo que en el 9N no se dieron listas con los nombres de los implicados, no es necesario tampoco entregar un informe detallado de los implicados en el suceso. Esto denota que Jané, el Ministre del Interior en Catalunya, no está a la altura de la situación. Como tampoco lo están los que han hecho pintadas sobre él y Marta Pascal, con amenazas de muerte.

Y entre todo esto, el rumoreo sobre un posible referéndum pactado entre los dos gobiernos que nadie es capaz de entender.

Nuestro problema reside en que las verdaderas muestras de fuerza las hacemos entre nosotros. Ni intentar ser siempre políticamente correcto, ni alzar el puño son muestras de fuerza real. Sí que lo son el desprestigio y la intolerancia continua entre esos agentes que, por mucho que no quieran, se necesitan el uno al otro.

Deberíamos callar todos de una vez, para así ser capaces de erigir una única voz, un único discurso que de verdad se centre en la voz nacional y el anhelo de un país nuevo, con su lengua y sus costumbres propias. Es decir, la cultura catalana. No hablo de vender nuestra alma al diablo, simplemente de abandonar la miopía política que diluye un mejor futuro. Solo así, dejaremos viejas y aburridas batallas para ganar aquella que realmente importa.

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