Parón educativo y falta de vergüenza

Imagine el avispado lector que un día su jefe le llama a la oficina y le dice que, después de ser considerado el peor empleado de toda la empresa, le va a recompensar con un traslado a un trabajo de diez mil euros al mes, con casa pagada y chófer en París, dejando un proyecto a medio hacer, para poder irse a vivir con su querida a la Cité de l’amour. Pues bien, amigos; esta es la dura vida que lleva nuestro bien repudiado e impopular Ministro de ¿Educación? Sí, y no se sorprenda de que la falta de vergüenza haya llegado hasta tal extremo en el Partido Popular, a fin de cuentas, esa es su bandera en muchas actuaciones desde el poder absoluto que parece no se han dado cuenta de que ya no tienen.

Me pregunto por qué he decidido escribir una breve reflexión sobre esta cacicada sin vergüenza alguna por parte de aquellos que viven a base de tomarles el pelo a los españoles que les pagan sus muy generosos sueldos. La respuesta es sencilla, estamos iniciando el mes de agosto, tradicionalmente reservado a las vacaciones estivales, a la playa y a las actividades más agradables del año. Por detrás de eso, nuestros docentes, tanto infantiles como de primaria, secundaria, bachiller, FP o universitarios tienen, o han tenido, que preparar un nuevo curso. Hasta ahora todo entra dentro de la lógica, sin embargo, la razón humana no es capaz de explicar cómo, el ya desde hace un año exministro, pudo cometer semejante tropelía y, me repito, tener la poca vergüenza, de abandonar a la comunidad educativa a su suerte, dejando una Ley Educativa a medio hacer, para irse con la novia.

La educación no es algo con lo que jugar. La educación no es una moneda de cambio ni un arma política. El cargo de Ministro de Educación no puede ser desempeñado por un tipo (no puedo ni llamarle señor) que no tiene vergüenza, que se ríe de los españoles, que pone en marcha una reforma, aunque más bien sea un destrozo, de la Educación Pública. No amigos. La dignidad de las Instituciones democráticas del Estado no puede ser socavada por alguien que tiene la osadía de decir frases como “Hay que españolizar a los alumnos catalanes”. En mi humilde opinión, este tipo debió ser cesado y abroncado públicamente por semejantes declaraciones que no demuestran otra cosa que su paletismo, su poca altura política y su principio de anticatalanismo exacerbado. ¿Acaso los alumnos catalanes no son españoles? Pues bien, en su línea de siempre, caracterizada por la inactividad manifiesta y sus escasísimas ganas de trabajar, Mariano Rajoy no sólo no le castigó, sino que le premió con diez mil euros al mes (sí, unos 16 salarios mínimos interprofesionales), chófer y casa en París. Pero ya no es solo la, permítame la insistencia, falta de vergüenza, en esas declaraciones, sino que además de su grueso lenguaje, el susodicho personaje puso en marcha una reforma educativa, podríamos decir, a lo bestia, sin consenso, sin negociación, sin acuerdo con los sectores implicados: padres, centros, docentes y alumnos. Una reforma educativa que socava el carácter público de la educación y que no se centra realmente en ir a los problemas que están acosando a nuestro sistema educativo. Como las seis anteriores, un parche.

Ya no es solamente el contenido general de la reforma, que podríamos discutir durante días o semanas. Hay un tema de acción inmediata, el cual es el último que ha salido a la palestra del debate educativo, pero que es uno de los que más revuelo y cabreo ha causado entre docentes y alumnos: la selectividad. Puede que nuestro sistema educativo no sea perfecto, es más, es muy deficiente, pero sí que hay un elemento que lleva funcionando cuarenta años, nadie ha cambiado, ha dado resultado y ha conseguido ponerles las mismas condiciones a todos los alumnos, y este es el examen de selectividad o, más recientemente, PAU. Bien, pues resulta que si usted ahora le pregunta a alguna de aquellas personas que llevan cuarenta años encargadas de poner los exámenes de selectividad, sobre qué va a pasar el próximo curso, obtendrá la misma respuesta: no tenemos ni idea. Y es en esta respuesta, que se la puede dar cualquiera, desde un rector de Universidad hasta un PTU cualquiera, que nadie sabe nada. Especulaciones surgen de todo tipo, pero la verdad es que nadie lo tiene claro, mucho menos los alumnos de la generación de 1999 y sus profesores de bachillerato, que se examinan, no sólo los alumnos, sino sus profesores, que ven evaluado su trabajo. Sea cual sea el resultado, sea cual sea la prueba que se va a realizar en junio del año que viene, los alumnos de esta generación tendrán que hacer de conejillos de indias y presentarse a una prueba sobre la cual no tienen información alguna y, viendo la situación política actual, no la van a tener en muchos meses. Durante los últimos cuarenta años, los alumnos pasaban un último año finalizando su formación y preparando esta prueba, con cierta idea de lo que va a entrar en ella y con una orientación acertada basada en los exámenes de años anteriores. Ahora a un listo se le ha ocurrido que hay que quitarla, no se sabe muy bien por qué pero hay que hacerlo, y con ello, cargarse la única cosa que se mantenía funcionando bien dentro del sistema educativo.

Y mientras, como siempre, como un pollo descabezado, nuestra España sigue andando, hacia delante claro, a pesar de que una gente sin vergüenza se atreva a jugar con nosotros. Los alumnos harán su examen, los profesores, agentes incansables y poco valorados de nuestra educación, de nuestra formación humana, les prepararán. Esos universitarios que saldrán de sus Facultades y Escuelas, preparados para la jungla laboral (en España más bien desierto), se sobrepondrán a las dificultades. Mientras, el señor Wert seguirá en París, ajeno al desastre que ha montado, riéndose de los españoles. Sin vergüenza alguna.

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OPINA:

  • Cándido

    Yo me fío de Mariano. Él va a salvar a España.