El Presidente Trump conoce al Juez Marshall

Aparentemente, estas últimas semanas el Presidente Trump ha aprendido muy a su pesar una lección que a juzgar por el tono de sus tuits se le ha atragantado: en una democracia, ningún mandatario está por encima de la Ley. Aunque el Congreso le sea complaciente -y eso aún está por ver- siempre tendrá que sufrir el control judicial.

La cosa en Estados Unidos viene de lejos. Aunque a finales del S. XVIII americanos y franceses se sublevaron contra su Rey, sus modelos estatales a caminar fueron muy diferentes. Desde el primer momento, la burguesía francesa confío ciegamente en el legislador, al que pretendió convertir en creador y amo del Derecho en el nuevo Estado. Después de todo el sufragio censatario garantizaba que el Parlamento encarnara los intereses de la clase burguesa.

En Estados Unidos, a pesar de que el sufragio también existía, el recelo al gobierno era muy superior y continúa hasta nuestros días. De ahí que la sociedad aceptara pacíficamente que sus gobernantes quedaran sometidos al control judicial. Esta tendencia se confirmó en 1801, cuando el juez Marshall sentenció en el caso Madbury vs Madison, la superioridad de la constitución y la imposibilidad de contravenirla.

Juez John Marshall

Desde entonces cualquier juez norteamericano puede negarse a aplicar una ley u otra clase de norma, como la Orden ejecutiva del Presidente, si la estima inconstitucional. Por medio de un sistema de apelaciones, los Tribunales Supremos de los Estados y la Corte Suprema en última instancia acaban teniendo la última palabra. Sería ingenuo pensar que a lo largo de la historia este sistema sólo ha supuesto ventajas. Los tribunales americanos a menudo a retrasado la implantación de derechos en cuestiones tan sensibles como la igualdad racial o el mundo laboral. Sin embargo, no es menos cierto que desde la Segunda Guerra Mundial, la Corte Suprema ha aprobado más derechos que el Congreso: a saber, abolición de la segregación racial, reconocimiento del derecho al aborto, aprobación del matrimonio mixto de razas y del matrimonio homosexual etc.

Para los americanos la justicia siempre ha sido un poder político. El famoso juez Marshall había sido Secretario de Estado de John Adams. En ese sentido, según los jueces que votan o que eligen su parlamentarios para sus más altos tribunales, su justicia se manifiesta más o menos progresista. Y no tienen reparos en entenderlo de ese modo.

Cada modelo tiene sus ventajas y, sin duda sus riesgos, pero si Trump esperaba dirigir EEUU como uno más de sus negocios, no va a tardar en descubrir que eso será imposible. Aunque si a alguien le interesa mi opinión, yo estoy convencido que el Presidente se esperaba que ocurriera lo que ha sucedido. Para un hombre cuya principal arma política es el sensacionalismo, bramar que los jueces progresistas ponen en riesgo la seguridad de los Estados Unidos frente al terrorismo es una punta de lanza para que su candidato se haga con la plaza vacante que hay ahora en la Corte Suprema y obtener así su primer gran triunfo político.

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