Vietnam y Afganistán: victoria en la derrota, derrota en la victoria

4 diciembre 2015 por hanskarlperez

Es un lugar comunmente aceptado que tanto la guerra de Vietnam que afectó fundamentalmente a los Estados Unidos de América y la guerra de Afganistan que afectó fundamentalmente a la Unión Soviética fueron hechos bélicos en los que mucha gente falleció, civiles y militares. Y hay muchos estudios y libros que se ocupan de ambos conflictos y del dolor inmediato que generó, del enfoque de los bandos enfrentados y la medición de las fuerzas empleadas. Pero, iendo más allá, conviene estudiar los conflictos a largo plazo y las consecuencias más duraderas que pueden tener. Y se puede comprobar, en ambos casos, que de una derrota sobre el terreno se puede lograr una victoria al final, y de una victoria (o algo así) sobre el terreno se puede alcanzar una derrota. Al menos, por ahora.

En Vietnam, como se puede comprobar en el monumento erigido en Washington DC fallecieron más de medio centenar de miles de soldados norteamericanos. Una derrota en diferido tras la vietnamización el 1 de mayo de 1975 con la conocida evacuación de la embajada americana en Saigon. Una derrota que tardó mucho en cicatrizar. En parte contribuyó a la victoria de Jimmy Carter en 1976. Si atendemos al hecho militar, una confrontación directa con soldados tardó en llegar casi una década hasta el conflicto en Grenada (que llevó a los responsables estadounidenses a afirmar al Kremlin que el marcador reflejaba, en los 80, uno a cero a su favor). Y con un contingente importante, no fue hasta la primera guerra del golfo cuando los soldados estadounidenses salieron de sus bases para combatir en un contingente de tamaño similar al empleado en Vietnam, de cerca de medio millón de hombres. Costó mucho en el imaginario colectivo, y se refleja en películas y otros medios de difusión de la cultura. Todavía en los años 90 el síndrome de Vietnam estaba muy enraizado en la sociedad norteamericana.

Afganistan fue distinto. La Unión Soviética entró en 1979 en el país, a semejanza de otras intervenciones en su pasado en su hinterland o patio trasero. Pero esta vez iba a ser diferente. Es conocido que en la conocida como guerra fría (o, porque no, tercera guerra mundial) los bandos soviético y americano no luchaban de frente en lo que hubiera supuesto la conflagración nuclear global. El MAD (mutual assured destruction, destrucción mutua asegurada, de ellos dos, y del resto del mundo, claro). Por eso se valían de personas y grupos interpuestos. Y de asesores civiles y militares. Así intervino la CIA en el país centroasiático. Armó a los grupos que se oponían a los invasores soviéticos y sus aliados locales. Pretendían un Vietnam Soviético. Y sin duda contribuyó a la cáida de la propia Unión Soviética, pues, sin un conflicto sobre el terreno, en los 80, la carrera de armamentos propiciada por el mal llamado sistema de la guerra de las galaxias (Star Wars) habría sido algo sobre todo teórico, y no práctico, como fue.

A 30 años vista del final de la guerra de Vietnam se puede decir que aquella derrota ha tráido una victoria para la diplomacia de loas Estados Unidos. Porque si en 1994 Clinton levantó el embargo a Vietnam, antes de finalizar su mandato visitó como Presidente el país otrora enemigo suyo. Y Bush lo visitó como Presidente en 2006. Así, la relación, comercial, empresarial, económica, diplomática, es seguramente sorprendente a la vista de como se sucedieron los hechos entre 1964 y 1975, la guerra más larga jamás combatida por los Estados Unidos. Dando, por otro lado, razón a aquella llamada Diplomacia Triangular diseñada en los años 70 desde la Casa Blanca. Un coste enorme de vidas, en ambos bandos, un dolor enorme, para, al paso del tiempo, pasar a ser estrechos socios. Así pues, se puede señalar que el paso del tiempo ha podido ir curando heridas y los enfrentados de ayer pueden ser los aliados de hoy y mañana.

Si hacemos similar ejercicio con una guerra, la de afganistán, que terminó con la salida de los soviéticos en 1989, pongamos, 30 años vista en el futuro, al aún no alcanzado 2019 (estamos a 26 años de entonces) podremos ver que la dejadez del escenario afgano propició un vacío de poder desde 1992 y la cáida de la capital, Kabul, en 1997. Un desentendimiento en la estabilización de un país que ha costado muy caro. Y parece, las consecuencias en diferido, seguirán siéndolo.

Antes de nada, conviene señalar un hecho fundamental. Y es que los Estados Unidos, en este caso, como puede haber otros en la historia, actúan como potenciadores. No verlo así supondría, como es del gusto de los conspiranoicos, eliminar cualquier intervención de los agentes locales. Un ejemplo. Cuando se produce la llamada crisis de los rehenes (estuvieron 444 días retenidos) en la embajada de los Estados Unidos en Teherán conviene recordar que hubo una votación en el grupo que hizo la toma de la legación diplomática en la que hubo otra alternativa: ir a por la embajada soviética. Recuérdese que había producido esa superpotencia la invasión injustificada del vecino país de Afganistán. Y era un motivo de conflicto con los soviéticos. El que más tarde sería Presidente Iraní, Mahmoud Ahmadinejahd recuerda que fue de los minoritarios que sugirieron descargar sus frustraciones por las injusticias imperiales contra los soviéticos. Y es que, como se ha dicho, las tésis conspiranoicas, declaradas o no, niegan el papel local. Las trazas del fundamentalismo, primero láico musulman, luego integrista musulmán, ya se pueden ver en las andanzas del chacal en los años 70, como se refleja en la película con su biografía de 2010. No es un asunto que creara la intervención de la CIA en Afganistán. Pero si la elevó exponencialmente. Y es origen del actual motivo de preocupación en el mundo.

A Rusia, a diferencia de los Estados Unidos, no le costó tanto volver a entrar en acción. Ya en 1994, mientras, para desconocimiento del gran público, Corea del Norte estuvo a horas de invadir Corea del Sur, evitado gracias a un viaje relámpago de Jimmy Carter, a espaldas del entonces Presidente Clinton, Yeltsin se vió con ánimos para entrar en la primera guerra de Chechenia. Y ha habido más casos en los años posteriores. Aún con la desmembración de la URSS, y la consiguiente separación de contingentes humanos mayoritariamente exógenos del ruso, dentro de la propia Federación Rusa existen regiones, oblasts, mayoritariamente no rusos. Y ahí está China con sus problemas con cierta parte de la población de Xinkiang. Es decir, en la lucha contra el terrorismo del ISIS y el DAESH, están interesados en el no desbordamiento, ni que llegue a afectar a sus propios denominados terrorismos domésticos. Y este es un elemento a valorar cara al presente y futuro.

Una victoria indirecta en Afganistan por interpuestos supuso la potenciación de integristas armados y entrenados, que fueron la simiente de nuevos centros de lucha en otros países. El Ché Guevara acertó, pero no con Vietnam, sino con Afganistan. La situación de Argelia en 1992 con el FIS y el GIA es en cierta manera heredera de aquella en Afganistán. Y en el Magreb y en Masret se han dado aportes similares en los años 90 y en el nuevo siglo XXI. Las intervenciones en Iraq, Siria, Afganistán (ahora los americanos) o Libia, son no creadores, sino potenciadores de algo que ya estaba presente en el tablero. Y ha supuesto una derrota estratégica de una visión táctica y cortoplacista que pensaba en un todo vale con tal de derrotar al imperio del mal, la unión soviética, con la que separaba ideología, es cierto, pero igualaba un horizonte de modo de vida, pues desde Moscú, era una visión producida por la Rusia Europea la que se imponía en el subconsciente de la URSS. Separaba la forma de reparto del sistema. Con el fundamentalismo islamista separan muchas más cosas. Profundas. De larga data. De siglos.

Suele decirse que al mundo islámico le hace falta una revolución del estilo del renacimiento que se produjo en Europa en los siglos XV y XVI. O un Vaticano que marque las directrices uniformizando la realidad islámica. Pueden tener su poso de razón. Seguramente discutidos marcos los propuestos. Lo que es cierto es que las llamadas primaveras árabes supusieron una versión lampedusiana del siglo XXI, cambios en la superestructura, cuando lo que necesitan esas sociedades es cambios en la infraestructura. Y es que, en definitiva, son los propios países islámicos, los propios países musulmanes, los que están en primera línea de combate frente al terrorismo. Y es de ellos de los que depende, de su voluntad (y de las fuerzas armadas de que dispongan los árabes) la lucha contra el terror y por una convivencia pacífica en el Islam y con el resto de vecinos. Así pues, esta es la diferencia. Con el caso de Vietnam se pudo transformar una derrota en una victoria. En el caso de las consecuencias de Afganistán, de momento, es una derrota. Ahora todo depende de los árabes.

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