Vivir en una Micronación

Un proyecto de nuevo país, una entidad fantástica moldeable a nuestro antojo. La Micronación vive y muere en cada uno de nosotros. Son producto de nuestra mirada crítica, de la imaginación, más allá de lo que los demás consideren, opinen o deseen. Es nuestra, porque nosotros somos su soberano.

El neologismo “micronación” se empezó a utilizar en los 90 para hablar de entidades creadas a partir de hechos históricos, universos literarios, e ideales con referencias a las naciones y los estados comúnmente aceptados. En el siglo XIX, escritores y artistas ya dibujaban su universo más íntimo.

Más allá de clanes o sectas, las micronaciones tienen un ferviente deseo de ser reconocidas. Son hijas de Aristóteles en su concepto de existencia, donde el ideal, mayormente político, actúa como motor de sus aspiraciones y realizaciones.

Aventureros excéntricos, comerciantes ambiciosos, familias sin patria y artistas soñadores empezaron a crear sus microcosmos particulares. Pequeños, tanto a nivel geográfico como a integrantes se refiere.

Autodeclarado cacique de Poyais, Gregor MacGregor, comandante distinguido en la Guerra de Independencia de Venezuela, creó su nación en la costa de Mosquitos, consiguiendo desde inversionistas hasta colonos. También, la nación-estado del Reino de la Auracanía y la Patagonia en 1860, creado por el idealista francés Orélie Antoine de Tounens.

En el siglo XX, nacieron estas naciones aspiracionales basadas en relatos. El Principado de Seborga en Liguria, autodeclarado independiente en 1960. Giorgi Carbone, crea esta ciudad-estado basándose en documentos históricos, recuperando el anhelo de independencia con el que acabó Víctor Amadeo II, rey de Cerdeña, en 1729.

O el Principado de Sealand, gobernado por una monarquía constitucional hereditaria. El territorio soberano, se situa en una plataforma marina construida por la Royal Navy en el 1942. Su población, no excede los 5 habitantes. Aunque no está reconocida por ningún Estado, el vació legal que ocupa es objeto de estudio constante por parte del Derecho Internacional. Y la Isla de Rosas, una plataforma de 400 metros cuadrados en las aguas del Rímini, cuenta con sus propios sellos y su propia lengua, el esperanto.

Como olvidar El Principado de Ladonia, las Repúblicas de Uzupis, Liberland, o los reinos como el de Redonda, de Nordsu­dán, de Melquisedec, de Talossa… Aunque la ONU no reconozca estas utopías, existen como convenciones jurídicas de consenso colectivo. Una vez ingresa en el imaginario, empieza a existir.

Las hay de individuales, como la de Mulieri. Fue creada en el territorio de su gasolinera, como protesta a la administración italiana. También, de imaginarias y virtuales, como la nación independiente de Talossa. El dormitorio de un chico, con bandera y lenguaje propio. En eso consiste vivir en una Micronación.

Hasta tú, o yo, seguro habitamos nuestra propia micronación. La mía, de pequeño territorio, y que habita no más allá que dentro de mí, se llama Catalunya. Se ubica a mediados del primer cuarto del siglo XX. Es sencilla, auténtica, menos permisiva y con identidad de pueblo genuino. Respeta a los que la respetan, lucha cuando los enemigos se atenazan contra ella. La gente trabaja entre el hollín, pero aun así se pone de traje (o vestido) los domingos. Una comunidad soberana, colectiva e intelectual. Es ésta una región del orden, con lengua y bandera propia, e independiente.

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  • Eduard Ariza Ugalde

    Me ha gustado mucho el artículo, no obstante Marc el Principado de Sealand que tuve el gusto de estudiar hace unos años se encuentra en un vacío legal y desde luego no ha sido objeto de reconocimiento de ningún Estado u entidad internacional. Su pasaporte y moneda tampoco se reconocen. Del mismo modo que el “príncipe” no recibe trato de Jefe de Estado cuando viaja por el extranjero.